Dijous, 17 juny 2021
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    Mi hermana Ana, por CARLOS PÉREZ

    Carlos Pérez
    Trasplantado de riñón de donente vivo

    El 19 de marzo de 1999, nos dejó el poeta José Agustín Goytisolo. Tuve la fortuna de conocerlo, en la década de 1980, cuando yo era un joven periodista del “Diario de Barcelona”. Y, tengo para mí que los poetas solo mueren físicamente porque perviven a través de los versos y con estos nos ayudan en nuestra ruta vital. Cuando, el 15 de junio de 2011, hube de someterme a un trasplante renal, yo estaba muy deprimido, aunque consciente de la gran oportunidad que se me presentaba para revertir mi mal estado de salud. No conseguía interiorizar lo que decía José Agustín Goytisolo “La vida es bella, ya verás como, a pesar de los pesares, tendrás amigos, tendrás amor…”. Y tuve la inmensa suerte de que el amor de mi hermana Ana me rescató de mis turbulencias anímicas y del deterioro físico.”

    Desde niño me diagnosticaron una glomerulonefritis IgA y, a los 55 años, llegué a la Enfermedad Renal Crónica.

    Estaba en un estadio límite y al borde de tener que recurrir a los tratamientos de diálisis como fórmula de supervivencia. Enfrentaba la situación con desesperación y abatimiento.

    Tal y como, a veces, rememora una muy querida amiga: “No había forma de consolarte”. Pero, mi hermana Ana, dos años mayor que yo, vino a alentarme: “Nunca te entregues ni te apartes / junto al camino, nunca digas / no puedo más y aquí me quedo…” o algo muy parecido a la entraña de estos versos de Goytisolo, en su célebre poema “Palabras para Julia”.  Y mi hermana Ana tiró y tiró de mí.

    Aquel desesperanzado hombre que yo era entonces, en el año 2011, ha vivido ya ocho años y medio con una excelente cotidianidad y lo que era negro cambió de color, gracias a la donación de un riñón por parte de mi hermana.

    Este cambio de panorama tuvo como protagonistas el cariño fraternal y altruista de Ana, los avances médicos, la pericia y buen hacer de los nefrólogos y, nunca se ha de olvidar, la aleatoriedad, en este caso, positiva, de la diosa Fortuna que tuvo a bien sonreírme. Todos los días agradezco a esos diferentes protagonistas que mi existencia se haya reconducido de manera tan prometedora. Venga lo que venga en el futuro, yo siempre digo que no compro décimos de lotería porque, a mí, ya me tocó EL GORDO en el año 2011.

    Trato de poner en valor esta experiencia, cuando tengo ocasión. Un consejo de los nefrólogos es que, si el trasplante es exitoso, se ha de recuperar la normalidad cuanto antes.

    Actualmente, mi desempeño profesional tiene una vertiente distinta a la que desarrollé en mis años de juventud, aunque continúa entroncado en el área de la comunicación, ya que ejerzo como guía de Turismo en Madrid.

    Cuando hago visitas del Museo de Arte Moderno Reina Sofía y aludo a las obras de vanguardia de Juan Gris (verdadero nombre José Victoriano González) recuerdo a mis turistas que dicho artista falleció en 1927, a los 40 años, a causa de una insuficiencia renal, cuando no era posible imaginar los trasplantes y, claro está, aprovecho para citar con encomio a la Organización Nacional de Trasplantes que, con tanta eficacia y profesionalidad, salva vidas un día tras otro. Si tengo visitantes extranjeros (España es el segundo país de mundo en recepción de turistas), hago referencia a la magnífica labor de la ONT y al excelente nivel de nuestros hospitales públicos. Nuestro país es el más solidario del mundo en cuanto a donación de órganos, la forma más útil de transcender.

    Quienes reciben esas informaciones se quedan impresionados de que hayamos alcanzado tal grado de excelencia. Y, a veces, si alcanzo una cierta intimidad con mis clientes, les refiero mi caso personal y les hablo de mi hermana Ana.

    Elevar a la categoría de héroes a quienes donan sus órganos no resulta una exageración ni una figura hiperbólica. Lo son. Lo mínimo que podemos hacer quienes hemos revivido gracias a ellos es encumbrarlos en el pedestal que se han ganado por su generosidad extrema.

    Cuando charlo con mi hermana, esta me confiesa que, en su fuero interno, tiene la sensación de que lo más importante que ha llevado a cabo en su existencia ha sido rescatarme del abismo. Esta última palabra no es de ella sino mía porque yo sentía la situación como un abismo.

    Tal vez lo sobredimensionaba y lo veía más profundo de lo que era. Me consta que hay personas que se someten a diálisis durante años y se adaptan al tratamiento como una rutina no agradable pero valorando que, o bien es una fase de tránsito, hasta obtener un trasplante o, si este no es factible, la posibilidad de seguir en este mundo ya que el Otro, salvo Santa Teresa de Ávila y sus coetáneos místicos, pocos tienen prisa en explorarlo.

    He de confesar que yo era bastante gafe. Cuando empezamos el protocolo del trasplante con mi hermana, la familia me preguntó qué porcentaje de posibilidades yo consideraba que había de arribar al final del camino, es decir, de superar todas las fases hasta conseguir el visto bueno de las autoridades médicas y jurídicas.

    Creo que respondí un 5% o un 10%. Vamos, yo estaba, volviendo al poeta Goytisolo en “que la vida no tiene objeto/ que es un asunto desgraciado…” pero mi hermana Ana tiraba y tiraba de mí “Otros esperan que resistas/ que les ayude tu alegría/ tu canción entre sus canciones…”.

    He empezado hablando de mis años juveniles como reportero del “Diario de Barcelona”, lamentablemente, desaparecido. Quiero aludir, ahora, a un amigo que, en aquellas fases de desmoralización ligadas a la disfunción renal, me llamaba con asiduidad y me consta que sigue haciéndolo con otros allegados, cuando tiene constancia que atraviesan circunstancias difíciles de salud.

    Es un periodista asentado en Tarragona desde hace años con el que mantengo un inquebrantable lazo de cercanía, aunque vivamos en distintas ciudades. Él muy religioso; yo, agnóstico. Él hace el papel de San Mauro cuando rescata del lago a San Plácido. Como decía el cantante Roberto Carlos, en la popular canción “Amigo”: “Es tu corazón una casa de puertas abiertas”.

    Gracias, Ana. Gracias a mi amigo periodista asentado en Tarragona. Y, gracias, a José Agustín Goytisolo.

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